“Escuchadle” (Mc 9,1-9) 1/03/2015

Se ha comparado muchas veces la vida actual de muchas personas con una rueda que gira sin parar, sin rumbo ni dirección precisa. Lo importante es girar y girar, obsesivamente, alocadamente, no detenerse.  Para quien se mete en este torbellino, al cabo de un tiempo el cansancio y el desgaste son inevitables. Es triste escuchar a algunas personas que la vida es un sin-sentido, que no merece la pena.  

Todo ser humano está hecho para Vivir y ser feliz.  En el mundo cristiano estamos viviendo el tiempo de cuaresma. No es un tiempo de tristeza, de privaciones y sacrificios sin más. No somos masoquistas ni personas tristes. Buscamos afanosamente la alegría y el bienestar total para nosotros y para todos los demás. La cuaresma nos invita a entrar en nosotros mismos, descender sin temor hasta las raíces mismas de nuestro ser  para descubrir allí nuestra zona luminosa, beber hasta saciarnos del Manantial mismo de la vida y sentir el gozo inmenso de sus aguas limpias que purifican nuestros espacios sombríos o inmundos. Necesitamos de esos momentos benditos de soledad: “Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre Dios...”, escuchábamos en el primer día de cuaresma.

El evangelio del segundo domingo nos narra la fuerte experiencia de Jesús en lo alto del monte Tabor.  Con un lenguaje simbólico, vestido de grandilocuencia, nos comunica la riqueza de su vivencia. Descubre dentro de sí mismo la fuerza de la luz del Espíritu por la que con claridad meridiana contempla ya el final de su misión.

La cuaresma nos invita a escapar de vez en cuando a la cima solitaria de nuestra propia montaña para escuchar como Jesús, transfigurados, el mensaje de la Vida que fluye a borbotones en el silencio de nuestras entrañas  Por algo el mismo Dios ha querido hacer de nuestro interior morada en la que habitar.

Como los tres discípulos, somos invitamos a acompañar a Jesús y llenarnos de su misma luz para descender de nuevo a la cotidianidad de nuestra vida llenos de su ilusión y de su fuerza y acompañarle también en la construcción de un mundo mucho más hermoso y más humano: el mundo que Él llamó Reino de Dios. El Reino de Dios está formado por personas que se quieren, que se ayudan, que se sienten hijas de un mismo Padre, que es Dios, y que pasan por la vida haciendo el bien a todos.