¡Ha resucitado el Señor!

Estamos viviendo estos días el acontecimiento fundamental sobre el que descansa nuestra fe: la Resurrección del Señor. Teóricamente todos sabemos que la Resurrección es el núcleo esencial de nuestra fe y que, si Cristo no hubiera resucitado, toda nuestra vida cristiana sería absurda. Pero la vida no es solamente teoría. Analizando un poco más nuestro interior, allí donde están las fuentes de nuestra conducta y de nuestros verdaderos intereses, pueden suscitarse en nosotros algunos interrogantes:

¿Es verdad que ha aumentado nuestra alegría porque Jesús ha resucitado?

¿Es cierto que reboso de gozo recordando su Resurrección?

¿Ha cambiado algo nuestro mundo al celebrar el día glorioso de la Resurrección del Señor?

¿He cambiado algo yo?

Las respuestas a interrogantes de este tipo pueden darme una idea de la realidad y de la hondura de mi fe y de mi vida cristiana.

El encuentro con el Resucitado llenó de alegría y de paz la vida de aquellos primeros discípulos. Fue tal el impacto, que les transformó totalmente. Y se lanzaron imparables por todos los lugares del mundo para anunciar lo que habían vivido y experimentado. No proponían muchas ideas y teorías doctrinales, sino que comunicaban el gozo contagioso de vivir al estilo de Jesús. Habían descubierto al mismo tiempo su misión de portadores de paz y de esperanza para todas las personas de buena voluntad. Y lo hacían con sencillez y sin miedo alguno. 

En el ambiente que estamos viviendo, cargado de crispación y de agresividad, quizá nos sobran condenas y nos faltan portadores y testigos de esperanza, de perdón y de paz: la paz y el perdón que nos infunde la presencia y el encuentro con el Resucitado, vivo en medio de nosotros.